En la misma ocasión que visité a mis abuelos y de la cual les hablé, fui a Praga, donde conocí, en esta misma ocasión, a Pregelski, un detective que siempre estaba enojado por que la gente sólo viniera a visitar Praga para conocer el Pražský hrad, el castillo de Praga, que tan famoso hizo Kafka, de quien no hablaré porque me atormenta pensar en atormentados, incluso si sólo de dicho, pues si alguien es algo de dicho, algo del de en dicho en dicho será, como Pregelski, de quien se decía que era completamente calvo pero no, pues tenía una pequeña mata pubescente y globosa justo en la mollera, así llamada por muelle, que no es un muelle como el Rašínovo nábřeží, el muelle Rašínovo, frente al río Vltava, el río Moldava, donde se encontraba el hotel donde me hospedé, el hotel Residence Standard, ni tan estándar, puesto que eran departamentos con dos dormitorios, cocina pequeña pero con trinchador sin trinches pero sí con trinchantes y trincheros a falta de trinchantes de palacio, sala con aire acondicionado y tresillo cuyos sofá y butacas estaban hechos con nueve cartas de naipes gigantes en fibra de vidrio, de las cuales, por superar en bazas a las demás, ganaba aquella que era asiento, donde me senté varias veces y de donde me levanté también para mirar desde mi ventana el Pražský hrad, sitio tan kafkiano, nocturno y burocráticamente pesadillesco como no lo eran aquellos entre los cuales se encontraba el Residence Standard, el Národní Divadlo, el Teatro Nacional, y Vyšehrad, promontorio rocoso que no prometía nada por inerte y donde se encontraba una fortaleza en cuyo interior se encontraba un castillo, la Kostel svatého Petra a Pavla, la iglesia de San Pedro y San Pablo, no Mármol, un parque muy apreciado los fines de semana por las familias checas y los demás días por lo menos por mí por las espléndidas vistas que ofrecía sobre el Vltava, y la Rotunda svatého Martina, la Rotonda románica de San Martín, la cual podía contemplar meditabundo desde el jardín del U Vyšehradské Rotundy con una cerveza en la mano y no en el pie debido a la dificultad, dificultad semejante a la de hablar checo cuando no se sabe, checo o hablar, lo cual quise hacer con Pietra, conocida anteriormente sólo de vista y de relatos de mi amigo Quique, pues pasaba justo enfrente de mí cuando tomaba bohemiamente mi cerveza estilo pilsen, que no la bebía bohemiamente en recuerdo de Bohemia, sino porque me pongo bohemio cuando bebo cervezas estilo pilsen, por Pilsen, ciudad checa cerca de Praga, donde me encontraba en el momento justo cuando Pietra pasaba al lado de svätý Peter petrificado, aunque no le pude decir nada por desconocido, al igual que lo había sido hasta hace poco Vyšehrad, de donde después descendí para tomar el Rašínovo nábřeží, pasar por el Masarykovo nábřeží, llegar a Národní, visitar el Národní Divadlo, volver al Masarykovo nábřeží, llegar al Smetanovo nábřeží para finalmente cruzar el puente más antiguo de Praga, el Karlüv most, custodiado por dos torres, la Staroměstská mostecká věž, la torre del puente de la ciudad vieja, que se encontraba del lado donde me encontraba, y la Malostranská mostecká věž, la torre del puente del barrio pequeño, del otro lado, hasta donde llegué para pasar por el chrám svatého Mikuláše, la iglesia de San Nicolás, e ir al Pražský hrad, que, al haber ya oscurecido para entonces, era tétricamente iluminado por los relámpagos seguramente producidos por el alma atormentada de Jehuda Liva ben Becalel, el rabino Löw, el creador del famoso Golem de la judería Josefov, el cual mató algunas personas al encontrarse confundido por falta de instrucciones, pues el rabino hubo olvidado, antes de oficiar la ceremonia del sabat, sacar el šém de la boca del Golem, que fue después abandonado en el desván de la Staronová synagoga, la sinagoga Viejanueva, desván al que prohibió la entrada el rabino Löw, a quien ya no tuve el gusto de conocer.
viernes 11 de mayo de 2007
miércoles 2 de mayo de 2007
Jessy Bulbo y el Dos97
Mi amigo Macías y yo, en una noche sin saber qué hacer, decidimos ir al Dos97, donde sabíamos que se presentaría Jessy Bulbo, a quien no conocíamos y quisimos entonces ver, y donde, debido a la gran espera que tuvimos que hacer, ya que Jessy Bulbo no parecía aparecer, tomamos toda la variedad de vodkas Absolut que tenía la barra, o sea, Absolut Vodka, Absolut, Absolut Mandrin, Absolut Citron y Absolut Vanilia, que fueron precedidos por un Midori, el cual nunca había probado y que por consecuencia me sorprendió cuando me lo sirvieron en un caballito dentro de un vaso bajo y ancho de hielo, así que antes de que apareciera Jessy Bulbo, nosotros ya estábamos bastante alcoholizados y felices para esperar más su aparición y para ir a buscar alcohol que fuera barato, como el que encontramos disponible en forma de barrilito en una tienda cerca del Dos97, al que regresamos todavía más ebrios, más ansiosos y más felices para encontrarnos con la grata sorpresa de que la Bulbo ya estaba tocando y cantando Maldito, canción seguida de otras canciones igualmente desconocidas para mí, después de las cuales hubo un receso que aproveché para acercarme a Jessy y a Galaxis, quien yo creía que era mujer, pero que no era sino un tipo de barba e incipiente calvicie que tocaba la batería que acompañaba al bajo y a la voz de Jessy, a quien me acerqué con las desfachatada soltura e intrepidez características de mi ebriedad, con quien platiqué con el brazo izquierdo sobre sus hombros como si fuera mi cuate, a quien olí el aliento de tan cerca que estaba y quien estaba vestida con una playera, falda y zapatos lilas, los cuales me pareció que se quitó al final de su toquín, final que aproveché para volver a acercarme y pedirle su teléfono, que, después de una cara de que no se lo esperaba, me dijo y luego repitió varias veces, ya que yo no traía pluma y quería memorizarlo, pero que finalmente escribió sobre un papel porque me di por vencido al no poder memorizarlo.
Tengo el teléfono de Jessy Bulbo.
Tengo el teléfono de Jessy Bulbo.
lunes 30 de abril de 2007
El Zinco
Varias veces he ido al Zinco, un bar de jazz en el bajo centro que cuando lo miré desde el centro en su interior por primera vez, pensé que me encotraba en los años treinta o cuarenta, rodeado de hombres de traje con corbatas anchas y cortas, pantalones anchos y sombreros fedora, de mujeres con trajes de noche y de hermosas y delgadas meseras vestidas completamente de negro, color contrastante con su piel blanca delicadamente envuelta por volutas de humo de cigarro iluminadas por una luz tenue enrojecida por el tercipelo rojo de las cortinas del escenario que se encontraba a mi izquierda y en el que se encontraban los instrumentos de los músicos, quienes, dominados por sus intrumentos, tocaban el jazz más enajenante y casi alucinante hacia unas mesas repletas de comensales con sus bebidas en las manos hipnotizados por ese jazz-estupefaciente, detrás de las cuales se encontraba una balaustrada con barandales suficientemente anchos para contener platos de comida o bebidas, que se podían pedir a las meseras o directamente en la barra, que estaba separada de la balaustrada por un pasillo estrecho que, una vez lleno, me invitaba a aprovechar cada roce con alguno de esos seres blancos que servían, y que cruzaba perpendicularmente otro pasillo, con la barra a su izquierda y mesas al lado de una pared acolchada con forro de cuero a su derecha, que iba a dar a un pasillo perpendicular que tenía en un extremo una sala de espera reservada a los músicos y adornada con dos bóvedas bancarias y en el otro los baños, cuya sección para caballeros contenía migitorios en forma de boca de ballenas sedientas y deseosas de beber que nadaban en un mar de azulejos negros y blancos que formaban un tablero de ajedrez al igual que los azulejos del pasillo en forma de L de la entrada, en cuyo extremo más corto pendía una cortina de terciopelo rojo que ocultaba ese mundo perdido en los treintas o cuarentas, en cuya esquina sentada estaba una hermosa portera negra vestida de negro que atiendía sobre una mesa circular y cuyo extremo más largo iba a parar a una escalera, resguardada por un niño soldado, que daba a Motolinía.
miércoles 18 de abril de 2007
Hinz Rodrerich
Hace poco fui a Alemania a visitar a mis abuelos maternos, quienes son de la ex-Alemania del Este, a saber, de Zwickau, donde, precisamente, conocí a Hinz Rodrerich, quien inventó el Wörterbuchszufallswörter, método que utiliza para escribir cuando le falta inspiración, que es imprescindible para un escritor.
Visité a mis abuelos porque era cumpleaños de mi abuela Lavinia, que hace un pastel buenísimo que se llama Christstollen, cuya historia les contaré en otra ocasión.
Salía de casa de mis abuelos para ir a ver a mi amiga Claudia, a quien conocí desde la infancia, pues hubo un tiempo en que viví en Zwickau, ya que me iba a presentar a un señor que conoció su mamá mientras trabajaba en el ferrocarril que tanto le gustaba porque viajaba muchas veces a Estambul.
Hinz Rodrerich, la persona que quería que conociera mi amiga Claudia, vivía solo acompañado de un perro pastor alemán en un departamento de un edificio muy viejo aunque no descuidado cerca del ferrocarril que era utilizado para alojar escritores, frustados o no, activos, es decir, que estuvieran escribiendo novelas o cuentos o ensayos o microrrelatos pero no telegramas a su mamá, a pesar de que un telegrama pudiera ser considerado como una instalación, arte-acción o arte-objeto si se le da un marco teórico adecuado.
Su método Wörterbuchszufallswörter consistía en escoger al azar un número finito de palabras de un diccionario o una enciclopedia para que éstas le sugirieran un tema o idea que plasmar en papel, pues si el número era infinito, corría el riesgo de escribir para siempre, lo cual no deseaba, ya que, como todos sabemos, todos moriremos algún día o alguna noche.
Visité a mis abuelos porque era cumpleaños de mi abuela Lavinia, que hace un pastel buenísimo que se llama Christstollen, cuya historia les contaré en otra ocasión.
Salía de casa de mis abuelos para ir a ver a mi amiga Claudia, a quien conocí desde la infancia, pues hubo un tiempo en que viví en Zwickau, ya que me iba a presentar a un señor que conoció su mamá mientras trabajaba en el ferrocarril que tanto le gustaba porque viajaba muchas veces a Estambul.
Hinz Rodrerich, la persona que quería que conociera mi amiga Claudia, vivía solo acompañado de un perro pastor alemán en un departamento de un edificio muy viejo aunque no descuidado cerca del ferrocarril que era utilizado para alojar escritores, frustados o no, activos, es decir, que estuvieran escribiendo novelas o cuentos o ensayos o microrrelatos pero no telegramas a su mamá, a pesar de que un telegrama pudiera ser considerado como una instalación, arte-acción o arte-objeto si se le da un marco teórico adecuado.
Su método Wörterbuchszufallswörter consistía en escoger al azar un número finito de palabras de un diccionario o una enciclopedia para que éstas le sugirieran un tema o idea que plasmar en papel, pues si el número era infinito, corría el riesgo de escribir para siempre, lo cual no deseaba, ya que, como todos sabemos, todos moriremos algún día o alguna noche.
jueves 15 de marzo de 2007
Pos éste soy yo
He visto tanta gente escribir su blog que me han contagiado de sus ganas de compartir con el mundo por lo menos hispanoparlante sus pensamientos, vivencias, ocurrencias y otras cosas abstractas que no recuerdo por el momento, pero que seguramente recordaré mientras vaya escribiendo en este blog y que ya no escribiré por falta de ganas de editar tantas veces una entrada que no vale tanto la pena.
Soy un alemán de ascendencia española que vivió parte de su infancia y adolescencia en México, país que me recibió con los brazos abiertos y con una sonrisa en el rostro debido a mi apellido poco afortunado que hace reír a chicos y grandes, letrados o no, ya que mi apellido también se utiliza como nombre de una parte muy apreciada por hombres cuando ésta se encuentra en una mujer voluptuosa, cuidada por adolescentes varones debido a las constantes bromas abusanalgas como el calzón chino y el sacacaca, enrojecida por los cinturonazos recibidos por una travesura o un desvío de comportamiento cuando se es niño y risible, incluso si es hermosa, cuando por accidente o broma pesada, ha quedado descubierta, al aire como cuando vinimos al mundo.
Soy un alemán de ascendencia española que vivió parte de su infancia y adolescencia en México, país que me recibió con los brazos abiertos y con una sonrisa en el rostro debido a mi apellido poco afortunado que hace reír a chicos y grandes, letrados o no, ya que mi apellido también se utiliza como nombre de una parte muy apreciada por hombres cuando ésta se encuentra en una mujer voluptuosa, cuidada por adolescentes varones debido a las constantes bromas abusanalgas como el calzón chino y el sacacaca, enrojecida por los cinturonazos recibidos por una travesura o un desvío de comportamiento cuando se es niño y risible, incluso si es hermosa, cuando por accidente o broma pesada, ha quedado descubierta, al aire como cuando vinimos al mundo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)